El sistema regional árabe está atravesando una metamorfosis significativa, impulsada por una serie de eventos geopolíticos que han transformado el Medio Oriente y la región del norte de África. Este cambio comenzó en 2014 con la anexión de Crimea y ganó impulso con la guerra de 2022 en Ucrania, lo que intensificó aún más la reconfiguración estratégica de la región.

Cambio en la dinámica del poder

El centro de gravedad tradicional en el mundo árabe ha migrado del Mashreq a la Península Arábiga. Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos han emergido como los nuevos polos estructurales, participando en una competencia económica y estratégica que ha transformado el paisaje geopolítico.

Según análisis sobre conflictos interárabes, el marco ideológico del panarabismo ha cedido el paso a rivalidades geopolíticas y sectarias. Este cambio ha dado lugar al surgimiento de conflictos intranacionales, como guerras civiles y colapsos institucionales, reemplazando los conflictos interestatales que caracterizaron la era anterior.

Destacablemente, la Liga Árabe, una vez institución central en asuntos regionales, ha perdido eficacia. Su requisito de unanimidad en la toma de decisiones la ha dejado impotente para abordar conflictos, ya que las resoluciones suelen reducirse a gestos simbólicos ante poderosos actores externos.

Influencia extranjera y actores no estatales

Poderes extranjeros, incluyendo Irán, Rusia, Estados Unidos, Turquía, China e India, han aumentado significativamente su presencia en el mundo árabe. Actores no estatales, como milicianos y grupos armados, han convertido en vectores clave de influencia externa, complicando aún más la dinámica regional.

Según un estudio de 2023, la tasa de intervención de la Liga Árabe en 18 conflictos interárabes entre 1946 y 1990 fue del 24 por ciento, con una tasa de éxito del 20 por ciento. Este desempeño es mucho menor al de la Organización de los Estados Americanos (OEA), que logró una tasa de intervención del 63 por ciento y una tasa de éxito del 37 por ciento.

La debilidad institucional de la Liga es evidente en su incapacidad para actuar de manera decisiva en conflictos, ya que un solo Estado miembro puede vetar cualquier resolución. Solo tres crisis en la historia de la Liga—la guerra civil en Yemen (1962-1967), la amenaza iraquí contra Kuwait en 1961 y la invasión de Kuwait en 1990—llevaron a una acción colectiva de seguridad, lo que resalta la limitada eficacia de la organización.

A pesar de estos desafíos, la Liga Árabe ha tenido éxito en abordar cuestiones de integridad territorial, un consenso normativo que ha guiado sus intervenciones en conflictos como el disputa entre Sudán y Egipto (1958) y entre Irak y Kuwait (1961, 1973).

Estrategias de seguridad en evolución

Ante las limitaciones de la Liga, los Estados árabes han adoptado estrategias de seguridad más flexibles y adaptativas. La idea de una ‘OTAN árabe’ se ha estancado debido a obstáculos estructurales y falta de consenso, lo que ha llevado a un enfoque en estrategias individuales y coaliciones temporales.

Según un análisis de 2022, el proyecto de la Fuerza Árabe Conjunta ha sido pospuesto indefinidamente debido a visiones estratégicas irreconciliables y temor a que dicha fuerza sirviera intereses hegemónicos o interfiriera en asuntos internos.

Los jefes militares árabes han sido históricamente reacios a colocar sus tropas bajo mando extranjero, dada la diversa percepción de amenazas—ranging desde Irán e Israel hasta el terrorismo. Además, la falta de una definición común del terrorismo, especialmente en relación con grupos como la Hermandad Musulmana, ha obstaculizado el desarrollo de una doctrina militar unificada.

Algunos Estados árabes han adoptado una política de equilibrio, manteniendo relaciones equilibradas con potencias rivales para preservar su autonomía. Por ejemplo, Omán y Catar han seguido un enfoque no alineado, manteniendo vínculos con Estados Unidos, Irán y Turquía.

Por el contrario, otros Estados han optado por alinearse estrechamente con potencias importantes como Arabia Saudita o Estados Unidos para asegurar garantías de seguridad directas. Por ejemplo, Bahrain ha alineado estrechamente con Arabia Saudita para garantizar la estabilidad regional.

Coaliciones ad hoc han convertido en el modelo preferido para la seguridad regional, con alianzas temporales formadas para abordar amenazas específicas. Este enfoque refleja una respuesta pragmática a las limitaciones de las instituciones de seguridad colectiva y a la creciente influencia de actores externos en el Medio Oriente.