MADRID — Las personas llenan gimnasios y descargan apps de idiomas el 1 de enero, impulsadas por promesas de Año Nuevo. Para febrero, la mayoría abandona. La psicóloga clínica Aurora López, directora del centro Más Vida en Málaga, atribuye el abandono a rushes efímeros de dopamina. “Esa subida emocional inicial da gran motivación”, declaró. “Pero desaparece antes de que se forme el hábito”.
López recomienda estrategias realistas por encima de la ambición. Los propósitos suelen ignorar el caos vital —plazos laborales, demandas familiares, puro cansancio—. “Confundimos la emoción del inicio con preparación”, añadió. Sin plan de sostenibilidad, los objetivos se desmoronan.
Un estudio de 2024 de la Universidad de Adelaida, en Australia, lo respalda. Los investigadores hallaron que el 91% de los esfuerzos no planificados para romper hábitos fracasa al final del mes. Laia Ugarte, psicóloga clínica y autora de Cómo dejar de dar vueltas a todo, coincide. “Sabemos que debemos actuar, pero omitimos el ‘cuándo’ y el ‘cómo'”, dijo. La rutina diaria entierra entonces la intención.
La impulsividad también influye. El perfeccionismo condena a muchos. “Construir hábitos no es lineal”, afirmó López. Los tropiezos exigen ajustes, no autocríticas. Ugarte detecta un problema mayor: desconexión de los motivos reales. La gente persigue un yo ideal, ignorando impulsos auténticos.
Una encuesta de YouGov de 2025 a estadounidenses lista los propósitos principales: hacer más ejercicio (25%), mantenerse felices (23%), comer más sano (22%), ahorrar dinero (21%). Sara, de 27 años y de una ciudad estadounidense no identificada, ejemplifica el ciclo. “Iba al gimnasio en enero, aflojaba en febrero, abandonaba en marzo”, relató. Este año optó por metas pequeñas —tiempos concretos de carrera o repeticiones—. El progreso se mantuvo.
La ciencia explica el pico de enero. Un estudio de la revista Management Science lo llama “Efecto Fresh Start”. Fechas clave como Año Nuevo activan cambios. Cumpleaños o inicios de estaciones también. La presión social lo amplifica —auditorías anuales de uno mismo generan votos—. Pero el impulso se desvanece rápido, apuntó Ugarte. “Estamos culturalmente cableados para ello”.
La frustración crece cuando planes rígidos se rompen. “No es una batalla contra ti mismo”, dijo Ugarte. “Hazlo impulsado por curiosidad o diversión”. Sara lo aprendió a golpes. Una vez trazó una cuadrícula anual de entrenos: tres carreras, dos sesiones de fuerza semanales. Pereza o imprevistos la descarrilaron. Más días libres se acumularon. Abandonó, prometiendo ajustes —pero repitió el patrón.
Los expertos proponen soluciones. Ugarte defiende metas personalizadas y flexibles con gancho emocional. Pasos progresivos superan revoluciones. López exige especificidad y medibles. “No digas ‘gimnasio en enero’. Di ‘lunes, miércoles, viernes a las 10.00′”, aconsejó. Incluye holgura —apunta al 80% de éxito, acepta el 20% de fallos—. Prepara planes B para días de baja energía y protege la racha.
Victorias cortas alimentan la dopamina más tiempo. Recompensas pequeñas —un café post-carrera, elogios en clase— mantienen el fuego. Sobrecargar invita al burnout. “Un hábito a la vez”, dijo López. Registra visiblemente: apps, calendarios, diarios.
El ajuste de Sara funcionó. “Minutos corriendo una semana, repeticiones la siguiente”, explicó. Sin trampas de todo o nada. Los psicólogos afirman que este cambio mental convierte chispas de enero en transformaciones duraderas. ¿Desesperanza de febrero? No es inevitable.
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