Una mañana de viernes en el Golfo Pérsico, un incendio estalló en la refinería de petróleo de Mina Al-Ahmadi en Kuwait, provocado por ataques con drones. El incidente no fue aislado. En toda la región, desde Bahrein hasta Qatar, la infraestructura energética enfrentó ataques constantes. La guerra entre Israel e Irán ha llegado al corazón de las reservas de gas natural más grandes del mundo: el campo de gas-condensado North Dome. Este campo, compartido por Irán y Qatar, no es solo un activo estratégico para ambos países; es la columna vertebral de la economía energética de la región.

El cruce estratégico del Golfo Pérsico

Situado en el norte del Golfo Pérsico, el campo de gas-condensado North Dome es el mayor campo de gas natural del mundo. Se extiende en un área de más de 4.000 kilómetros cuadrados y contiene una estimación de 53 billones de metros cúbicos de gas natural. Este campo es un recurso crítico tanto para Irán como para Qatar, con la porción iraní conocida como South Pars y la qatari como North Dome. Su importancia estratégica no puede subestimarse. Proporciona energía a millones, impulsa economías enteras y es un componente clave de la seguridad energética global.

El campo South Pars de Irán representa alrededor del 80% de la producción de gas natural del país. Esto lo convierte en un pilar de su infraestructura energética, alimentando hogares, industrias y redes eléctricas. Para Qatar, el North Dome es la base de sus exportaciones de gas natural licuado (GNL), que constituyen alrededor del 80% de los ingresos del país. Por lo tanto, la interrupción del campo tiene implicaciones amplias para toda la región.

Una guerra que llega a los centros energéticos

La actual confrontación entre Israel e Irán ha escalado hasta el punto en que la infraestructura energética ya no es un daño colateral, sino un objetivo. El miércoles, Israel lanzó un ataque significativo contra el campo South Pars de Irán, un movimiento al que Irán respondió inmediatamente. La respuesta se manifestó en ataques contra instalaciones energéticas en todo el Golfo, incluida la planta de GNL de Ras Laffan en Qatar, que tuvo que cerrarse después de ataques con drones.

La planta de Ras Laffan de Qatar, joya de su industria de GNL, sufrió daños extensos. Expertos del sector advierten que la recuperación de la planta podría tomar hasta cinco años, con consecuencias que se extenderán a los mercados globales. Compradores en Asia, Europa y América ya se preparan para el impacto de interrupciones prolongadas en el suministro.

Mientras tanto, la refinería de Mina Al-Ahmadi de Kuwait, una de las más grandes del país, enfrentó ataques con drones que causaron un incendio. El incidente destaca la vulnerabilidad de la infraestructura energética del Golfo, que ha convertido en un campo de batalla en esta guerra regional. La capacidad de procesamiento de la refinería, de 730.000 barriles por día, la convierte en un centro vital para el suministro energético de la región.

La infraestructura energética como arma

Los ataques a la infraestructura energética no son solo tácticos; son estratégicos. El ministro de Relaciones Exteriores de Irán, Seyed Abbas Araghchi, advirtió que si su infraestructura fuera atacada nuevamente, habría «ninguna restricción». Este sentimiento subraya la creciente tensión entre ambos países, donde los activos energéticos ahora se tratan como armas en una lucha geopolítica más amplia.

Los países del Golfo no han sido pasivos ante estas amenazas. Arabia Saudita informó que derribó varios drones que apuntaban a su provincia oriental rica en petróleo. Bahrein también experimentó un incendio en un almacén causado por escombros de un proyectil interceptado. Estos incidentes demuestran que la confrontación no está limitada a Israel e Irán; ahora abarca toda la región del Golfo.

Israel también ha sufrido ataques en su infraestructura energética. Un ataque con misiles en el complejo de refinería de Haifa destaca la naturaleza recíproca del conflicto. La guerra ya no es solo sobre objetivos militares; es sobre interrumpir las vidas económicas de ambas partes.

El costo humano y el impacto económico

La guerra ha tenido un costo humano elevado. En Líbano, el número de muertos por bombardeos israelíes ha superado los 1.000. El conflicto también ha desplazado a miles, con la crisis humanitaria profundizando a medida que la guerra continúa. Mientras tanto, el impacto económico se vuelve cada vez más evidente. El sector energético, que es la columna vertebral de la economía del Golfo, ahora está bajo ataque.

Las economías emergentes, que dependen en gran medida de precios energéticos estables, ya sienten el impacto. La volatilidad en los mercados energéticos ha provocado un aumento en los precios del petróleo y el gas, lo que podría tener implicaciones a largo plazo para la inflación global y el crecimiento económico. La Agencia Internacional de Energía (AIE) ha advertido que el conflicto podría interrumpir el suministro energético global durante años.

Un precedente histórico y un futuro incierto

El conflicto actual evoca precedentes históricos donde la infraestructura energética ha sido utilizada como arma de guerra. La guerra del Golfo de 1991 vio a Irak atacar instalaciones petroleras en Kuwait, causando un choque en los precios globales del petróleo. De manera similar, los ataques de 2019 contra las instalaciones petroleras sauditas por rebeldes hutíes en Yemen generaron ondas en los mercados globales. La diferencia esta vez es la escala y la complejidad del conflicto, que involucra a múltiples actores y activos energéticos.

Los expertos advierten que el daño al campo de gas-condensado North Dome podría tener implicaciones amplias. La interrupción del campo podría llevar a un período prolongado de inseguridad energética, afectando no solo al Golfo, sino al mundo entero. La comunidad internacional ahora observa atentamente, esperando una desescalada que prevenga daños adicionales a este recurso vital.

¿Qué se avecina?

El futuro del campo de gas-condensado North Dome es incierto. Si el conflicto continúa, el campo podría convertirse en un campo de batalla, con Irán y Qatar buscando proteger sus intereses. La comunidad internacional podría necesitar intervenir para prevenir daños adicionales a este activo crítico. Sin embargo, las apuestas geopolíticas son altas y el riesgo de una escalada adicional sigue presente.